Ricardo Forriols

Claro de Luz Sombra

Exposición Claro de Luz Sombra junto a Luciana Novo, Set Espai d´art, septiembre 2026

1
La figura del arquero lanzando una flecha y corriendo luego detrás de ella es un símbolo arquetípico presente en muchas culturas ancestrales. Al llegar a su altura, los ojos perplejos del arquero delatan que la sorpresa impide el parpadeo ante una luz que no es de este mundo: “Todas las cosas están llenas de Júpiter” (Omnia sunt plena Jovis), dice un verso de Virgilio citado por Borges, y Júpiter vale también en algunas interpretaciones por la divinidad. En cualquier caso, la cuestión es poder evaluar el fenómeno, el encuentro con esa luz rara que nos llega en un atardecer falso, pasajero, seguido por un amanecer igualmente extraño, con esa luz difusa pero con sombras afiladas, con esa suave luz perlada pautada por serpenteantes bandas de sombra que van corriendo por todas partes.
La flecha sería el eje sobre el que todo se ordena. Su punta es una esquirla de obsidiana.

2
El arquero como el centauro —venía a decir Juan Eduardo Cirlot— supone la reunión de lo diferente, de dos cosas, de dos puntos que en un preciso momentum son una tercera: el estado intermedio de mixtura perfecta de dos cosas a la vez que asume una entidad propia siendo temporalmente una tercera cosa. Y viva.
Algo así esta exposición.
Lo resumiría casi a la perfección con estas palabras de Agustín Fernández Mallo en La forma de la multitud: en la muestra, estamos delante de «entes a su modo vivientes en tanto en cuanto cumplen, en primer lugar, la regla básica de la termodinámica de los sistemas vivos, aquella por la cual un sistema abierto es aquel que, a través de sus paredes y fronteras, intercambia tres clases de materiales con su entorno: materia, energía e información, y, en segundo lugar, porque esos intercambios derivan de la toma de decisiones autónomas en el sentido de imprevisibles y contingentes para un observador externo, es decir, para nosotros, los humanos.»
Y así es como sucede lo verdadero, el encuentro, el intercambio, nuestras decisiones.
Un encuentro que viene dándose entre Luciana Novo y Javier Palacios desde hace tiempo y en episodios distintos: desde la etapa formativa, en las aulas de la Facultat de Belles Arts de València, también en el vértice que fue después el estudio compartido de la calle Dènia, y en tantos otros sitios y momentos que felizmente vienen a coincidir aquí, a alinearse de nuevo.

3
La vida es el abismo del que, según Hölderlin, sólo los dioses pueden escapar. Primero los dioses y las diosas, si acaso después alguno de nuestros héroes y heroínas. Escapar, ¿para qué? Pero, ¿y el resto de cosas? ¿Y las fieras, los animales? En los primeros esbozos para su poema Mnemósine, inacabado, el poeta anotaba estos versos: «Largo es / el tiempo, acaece, sin embargo / lo verdadero.»
Algo verdadero: el canto de los pájaros arranca cada mañana con la aurora y casi al unísono en lo que se ha dado en llamar el Coro del Amanecer, con un ciclo circular —evidentemente— de 24 horas alrededor del planeta; el mismo canto de los pájaros enmudece de forma misteriosa antes de determinados fenómenos naturales y de catástrofes fortuitas, como si quisieran prestar más atención a lo que va a suceder y avisaran mientras salen volando, escapando en bandadas de la incertidumbre y el peligro, del abismo (en el caso de que lo reconozcan) y hacia la maravilla.

4
Goethe: Si observamos atentamente el cielo, nos ponemos a teorizar. En realidad, la cita completa es más compleja in crescendo desde el prólogo de su Teoría de los colores (1810): «El mero mirar un objeto no nos permite avanzar. Todo mirar se convierte en un observar; todo observar, en un reflexionar; todo reflexionar, en un establecer conexiones; y así se puede decir que, con cada mirada atenta que echamos al mundo, ya teorizamos.»
Lo recordé mientras me deleitaba tratando de comprender el brillo de una estrella distante: su luz no sólo viene de lejos, de muy lejos, también de atrás, del pasado: es pues la historia espacial.

5
Una flecha siempre vuela en la línea del universo. Eso sería la belleza.
Todo intento de medición del mundo es un gesto poético de gran envergadura cuando el cosmos entero es capaz de superar al ser humano —se mire como se mire, se cuente como se cuente— desde cualquier punto de vista. Desbordados, sólo podemos describir el universo como un fenómeno de continuidad asumiendo que «el infinito es la realidad de las cosas menos el límite» (según el psicólogo francés Pierre Janet, citado por Benjamín Labatut).
Siendo el límite la línea que trata de contornear la forma de cualquier cosa, una vez restamos la línea —la piel, la pared, la frontera— todo es lo que escapa de la crisálida: plasma luminoso, magma energético, polvo de estrellas conectado en constelaciones de sentido invisibles que siguen pulsos electromagnéticos y se curvan en volutas gravitacionales.
La flecha sigue atravesando el vacío hacia aquel punto de luz, una singularidad cualquiera que proyecta su sombra en movimiento como un cuervo bicéfalo.

6
El eco de una de las máximas del duque François de La Rochefoucauld nos llega desde el s.XVII advirtiendo que «Ni el sol ni la muerte se dejan mirar directamente.»
Ampliamos: pero sí las sombras, su profundidad en superficie, que responderían a nuestra voluntad de representación, a nuestra manera de estar en el mundo y contar su sentido, su misterio.
Y queda otra frase que señala directamente este claro de luz sombra y la metamorfosis cósmica donde nos adentramos, su proceder. Es una cita inventada sobre unas palabras de Ralph W. Emerson en su ensayo The Poet (1844): «Cada palabra fue en su día un poema», que han sido transformadas y reformuladas apócrifamente de un modo más intenso si cabe, cósmicamente, hasta decir: «Toda frase fue en su día un animal.»