Bea Espejo
El estado del bosquejo
Edición limitada Color Morteretes editada por Genalguacil Pueblo-Museo, 2024
Le pregunto por esa palabra clave que funciona como una piedra cuando la tiras a un charco, esa que despierta ondas a su alrededor totalmente azarosas e imprevisibles. Intensificar, dice. O lo que es lo mismo: acrecentar, aumentar, avivar, acentuar, reforzar, agudizar, arreciar, apretar, entesar, redoblar. También hacer que algo devenga hondo, extremo, grave, fuerte, recio, valiente, grande, vivo, agudo, riguroso. En Genalguacil dirían dar sabor al caldo.
Rigor, decía. Con él se encomienda Javier a la rutina de trabajo todos los días, muchas veces también el fin de semana. Las labores en el estudio también son intensas. Hay grandes ventanas, siempre con las cortinas corridas. Fuera dialogan los árboles. Sobre una mesa azul, un plato a modo de paleta con los restos de acuarelas de colores. Hay cinta de carrocero y papel de cocina por algunos rincones. En la pared, algunos esbozos, ideas sueltas y varios dibujos: una pequeña rama que le regaló el hijo pequeño de una familia de artistas que vive en el edificio contiguo y una fotografía científica estereoscópica de un coral. Parece que el mundo gira en torno a un eje ahí: un proceso lento y laborioso de la pintura que requiere control y tiempo.
La mayoría de las veces, construye pequeños objetos a modo de maquetas con material de poco valor, lo que tiene en su entorno más inmediato. Son estructuras frágiles y teatrales, que no están hechas para ser expuestas. Un trozo de barro, un alambre, una cuerda. Luego les hace unas fotos y el ordenador cuaja el resto: afina luces, cambia colores y transmuta formas hasta dar con la imagen que tiene en mente. Otras veces, recurre a imágenes que encuentra por internet que coge, retoca y descontextualiza buscando en ellas otro lenguaje. El viaje es ese: imagen-maqueta-fotografía-pincel. Una pintura mental.
Curiosidad. Esa es la emoción que hay tras cada pincelada, dice.
Morterete
De mortero y –ete
1.m. Pieza pequeña de hierro, con su fogón, que usan en las festividades, atacándolas de pólvora y cuyo disparo imita la salva de artillería. Petardo.
2.m. Almirez o utensilio parecido, a cuyo son baila la gente rústica.
3.m. Pieza de cera hecha en forma de vaso con su mecha, que servía para iluminar los altares o teatros de perspectiva poniéndola en un vaso con agua.
4.m. Sombrero sin ala, parecido a un gorro o bonete.
5.m. Parte de la bomba para achicar agua.
6.m. Pieza cóncava de baro blando con la que juegan los muchachos, estrellándola contra el suelo.
7.m. Utensilio de cocina para majar; en el caso de los morteretes, la tierra para separar los minerales.
8.m. Oquedades circulares de origen fenicio que se encuentran en los cauces de algunos ríos y arroyos.
Agujero, o lo que es lo mismo: cubil, refugio, hueco, cráter, madriguera, guarida, cueva, escondrijo, covacha, gazapera, caverna, boquete, taladro, ojo, ojal, boca, poro, salida, entrada.
Todo rincón de una casa, todo rincón de un cuarto, todo espacio reducido donde nos gusta acurrucarnos, agazaparnos sobre nosotros mismos, es para la imaginación una soledad, es decir, el germen de una casa.
Palabras vacías es un texto firmado por Franz West donde habla de los entresijos de su trabajo y que leo pensando en Javier: “Cuando empecé con la escultura, trabajaba como pintor de brocha gorda. Allí se me exigía que trabajara “a vista”, es decir, ofreciendo a los clientes la impresión de que cada esquina, todo, estaba bien pintado. La buena impresión constante, que el pintor de brocha gorda debe crear, también se da por supuesta en la escultura, pero esto solo puede producirse de modo fragmentario. Este principio de lo “irrealizable” significa en el caso de la escultura: querer plasmar lo irreproducible de lo instantáneo, de lo no construible”.
Lo irreproducible, ese otro paisaje. Crecer viendo cómo la madera transmuta en cristos y vírgenes trascendiendo lo tangible y convirtiendo algunos tarugos en fetiches. Crecer en Jerez de la Frontera.
Emplear estrategias para construir pinturas que generan desconcierto. Esa es la ruta. O lo que es lo mismo, la teoría del iceberg: la elisión de revelaciones para que la realidad gane espacios autónomos en la narración. Una vez más, no es la reproducción de la realidad lo que cuenta sino su transformación, borrando los límites entre ésta y la ficción. Saber contarlo, ése es el reto.
Luis Gordillo lo dice convencido: “galáctico tirando a ocre”.
Los morteretes que hay en Genalguacil están en los cauces de los arroyos de Sierra Bermeja, de la Cueva de Baque y en la Garganta del Algarrobo. En su origen, se utilizaban para moler minerales pero el tiempo los ha cargado de un tinte místico. Parecen pequeños pozos ciegos que apenas nadie conoce. Esos círculos parecen salvoconductos de una comunicación misteriosa entre la superficie y lo más profundo de la tierra. Javier empezó a teñir esos morteretes de rosa, azul y amarillo, como quien le pone sal a un guiso, ensalzando su fisonomía y su lugar en el paisaje. De esa acción salieron algunas fotografías que servirían para la fase más larga e intensa del proyecto: la magia de la pintura.
“El espacio es pura acción”, decía Joseph Raphson.
Algunas palabras clave lanzadas por Javier Palacios a Francisco Ramallo sobre su trabajo: cultura primitiva irreal, inmediatez del mundo actual, polisemia con nuevas vinculaciones grupales, respuestas alternativas abiertas…
Algunas palabras clave lanzadas por Francisco Ramallo sobre Javier Palacios sobre su trabajo: ojo pornográfico sin vigilancia, lo espiritual como medio, disponer fetiches…
Puede parecer chocante pero no. Pienso en Sophie Calle y la mirada entre texto e fotografía al hilo de la transmutación de foto a pintura en las manos de Javier. Esa otra miscelánea de voces del yo entre diario íntimo de viaje y etnografía sentimental. Lo que se ve y lo que no. Lo que esta dentro y lo que está fuera. La sensación de recalentar la piel de la imagen con la mirada.
La de Javier es una pintura como estrategia creativa, a través de acuerdos, ambigüedades, citas y re-significaciones. También a partir de huecos, aristas, vórtices y solapamientos.
“Yo soy el espacio donde estoy”. Noël Arnaud en El estado de bosquejo.
Doy vueltas alrededor de Color morteretes, a esa invitación honesta y generosa para descubrir una arquitectura menor y profundizar en el corazón del entorno natural, prestando atención a las fuerzas que lo movilizan y trabajar con y desde ellas. Una oportunidad de ampliar el mundo y poner en valor las oportunidades, gérmenes y esbozos de realidad activos entre las ruinas de nuestro presente. Una investigación que busca invitarnos a ver, sacarnos de la indiferencia, reorientar nuestra mirada e implicarnos en esas otras cosas que hay bajo las cosas que vemos.
Atención, clase de pintura: “Es como una reflexión sobre lo que ha pasado en la última historia de la pintura: lo abstracto es siempre exterior, lo no medible e incontrolable; incluso los expresionistas abstractos trabajaban sobre situaciones de paisaje y naturaleza. Es como los pintores antiguos enmarcaban con sus manos un fragmento de realidad. Esa preocupación del espacio me viene precisamente de cuando yo pintaba con Bonafé. Porque Bonafé no componía las cosas, él enmarcaba con las manos y si a un lado salía un pico de la mesa, pintaba el pico de la mesa: tenía la conciencia clara de que tú estabas cortando un fragmento de visión y que no podías mover las manos o la cabeza, porque en el momento en el que lo hicieras empezaban a entrarte cosas en el espacio pictórico”. Alfonso Albacete a Isabel Tejeda hablando de metáforas.
¿Por qué una imagen te atrae y otra no? ¿Por qué esa imagen es tan poderosa como para convertirse en motor de todo cuanto va a pasar después? ¿Por qué un color y no otro? ¿La pintura sigue siendo un modo válido de interpretación del mundo? ¿Hablas de ti o del mundo? ¿Y qué pasa con las metáforas? ¿Son los arrepentimientos fantasmas? ¿El tema es epílogo o pretexto? ¿Se puede pintar la pintura? ¿Se puede olvidar del todo? ¿Qué lugar ocupa la memoria en términos espaciales? ¿Se pinta con la cabeza o con los sentidos? ¿Qué es la no pintura? ¿Puede un cuadro no ser un cuadro? ¿Qué tiempo es ese en el que no se mueve el tiempo?
Extrañeza suspendida en la imagen, siempre incidental, emergente, forastera, volandera.
“La vida es probablemente redonda”, solía escribir Van Gogh.
Una infancia de jugar en la calle, de correr por el campo, de observar al milímetro la piel de todo lo que tenía alrededor: su manera de entender la pintura.
Agujero, decía antes. Agujero, rostro y piedra. Esa otra familia elegida de sinónimos.
Lo menor, un término tomado del libro de Guilles Deleuze y Félix Guattari sobre la literatura de Kafka, se transfiere a lo arquitectónico para hablarnos, no de poderes (y saberes) establecidos y estables, sino de la potencia de los cuerpos y las cosas, del movimiento inmanente en que están siempre implicados. Lo menor señala y pone en valor ese devenir, convierte el morterete en potencia.
La memoria hace caso omiso del tiempo. Es un vórtice, una simultaneidad. Siempre piensa en otra cosa, siempre está creando naturaleza muertas, collages. En la óptica china, como pudiera parecer, el vacío no es algo vago e inexistente, sino un elemento eminentemente dinámico y operante. Relacionado con la idea de los soplos vitales y con el principio de alternancia entre el Ying y el Yang, el vacío constituye el lugar por excelencia donde se operan las transformaciones, donde lo lleno podría alcanzar su verdadera plenitud. Es el vacío el que permite a las unidades constitutivas de ese sistema sobrepasar la oposición rígida y el desarrollo en sentido único. Casi rozar con los dedos el universo.
Pincelar, repetir, moler, plastecer, miniar, revocar, sobresaltar, mástique, repetición, paños, frutaje, imaginero, economía, académico, brutesco, revocadura, clarioncillo, destemplado, detallista, esbatimento, matar. Todas ideas afines a la palabra pintura.
Más que una tendencia hacia la autobiografía, el ensayo o el libro de viajes, o hacia la mezcla de todo ello, este texto busca un género aparte, un proceso de cambio. La narrativa le vuelve la cara a la ficción. Esa desconfianza provoca una anulación de límites, un peregrinaje por las fronteras entre los géneros sin asentarse en ninguno. El narrador apátrida adquiere las señas de identidad del artista sin dejar de permanecer envuelto en un aura de misterio. Inventa una orografía personal en que se mezcla la curiosidad científica, la voracidad cultural y el ansia de nomadismo. Es una escritura a la inversa, que intenta canalizarse como diálogo de la voz narrativa con la escritura ajena. La polifonía que despliega intenta acercarse a la ficción narrativa, situarse a medio camino entre la crítica y la narración. Una experiencia de lectura como ejercicio vital. Un texto como un paisaje. Como éste.