Sema D’Acosta
La mirada como identidad
Publicación Carena, 2026
No existe una explicación sencilla para describir el proceso por el que algo que vemos, un chispazo indiferenciado que seleccionamos entre la infinidad de situaciones y momentos que contemplamos a diario, acaba convirtiéndose en una imagen que nos atrapa y permanece en nuestra cabeza. ¿Por qué ésa y no otra? ¿Por qué alguien se fija en el orificio de una cueva, en una flor entre tantas o en un pájaro muerto en la orilla? El mecanismo es inescrutable. Tiene que ver con la intuición y con la forma específica en la que está configurado nuestro cerebro. El pálpito visual nos caracteriza, forma parte de nosotros como la caligrafía cuando escribimos a mano o el olor corporal. Esa colección iconográfica aparentemente inconexa que conservamos durante años sin darle especial importancia dice mucho de nosotros, muestra una mundología que hemos construido siguiendo un instinto que, en buena medida, no controlamos. Cada persona escruta su entorno de manera diferente y focaliza su atención en aquello que, de un modo u otro, establece conexiones con su yo interior. Hay factores subliminales relacionados con pulsiones primarias -deseos y miedos que la mente mantiene ocultos-, pero también rasgos aprendidos, incorporados a fuerza de repetir determinadas rutinas y de refugiarnos en ellas. La observación, por tanto, no es inocente ni casual: selecciona, descarta y construye una realidad a nuestra medida, incluso cuando no somos conscientes de estar haciéndolo. La mirada es identidad, una forma silenciosa de reconocernos en aquello que elegimos ver.
La recopilación de cientos de imágenes que guarda Javier Palacios (Jerez de la Frontera, 1985) desde hace más de una década en su ordenador es el germen de muchos de sus mecanismos de trabajo. Esa antología visual no responde a un fin concreto, surge de la serendipia de recurrentes paseos por el campo, de las ciudades que frecuenta o donde ha vivido16, con especial atención a Chiclana y su entorno, alguna residencia, y exploraciones o búsquedas en Internet, sobre todo relacionadas con el arte y los artistas que le interesan. Predominan instantes tomados en lugares que siente próximos o forman parte de él. También guarda memoria de maquetas17 y sesiones en el estudio, bien sea de retratos de gente afín o de formas orgánicas construidas que terminan como bodegones de un intenso color. Su archivo no es un simple almacén de recuerdos, sino una reserva de referencias que alimenta las combustiones iniciales del desarrollo de una obra.
Para un observador ajeno, unas imágenes atraen y otras repelen; algunas se comprenden mejor y otras no se entienden nada. En general, predomina un cierto sentido de extrañamiento, se percibe una preocupación por aproximarse a lo cotidiano desde posiciones oblicuas, evitando las líneas rectas y alejándose de la belleza ordinaria que seduce al flâneur despreocupado que va sin rumbo disfrutando la caminata. Lo extraño evita la automatización de un itinerario rutinario para descubrir algo novedoso en eso familiar que está ahí y pocos ven. De hecho, el punto donde se posa el ojo no es tan significativo como el modo de mirarlo. El artista no hace nada especial, sólo espera que salte algún clic para levantar el brazo y captar con el móvil eso que tiene delante. Es automático. No lo piensa, sólo lo reconoce cuando aparece. Ni busca, ni espera nada.
Después de darle muchas vueltas, una vez elegido el motivo, lo que convierte en extraordinaria esa imagen es la laboriosa transformación que lleva a cabo Javier Palacios en el estudio. De partida, cada una de ellas puede ser una argamasa útil para iniciar un camino de investigación pictórica, pero sólo perviven aquellas que más obsesionan al artista. La producción que presenta en una exposición debe interpretarse como la punta de un iceberg. El resto, el inmenso volumen que permanece oculto bajo la superficie del agua, podría ser equiparable al largo periodo de horas y horas invertidas en el taller. Día tras día. Su procesado es sosegado, sus piezas solidifican despacio. Los conflictos internos trascienden la construcción final del cuadro. Además de aspectos gramaticales inherentes al lenguaje, existen constantes epifenómenos que complejizan los pasos previos. La tendencia es problematizar, perseguir durante ese tiempo la solución de algo que no se sabe bien qué es. Las opciones definitivas coagulan a posteriori. Durante las fases de esa consecución, se incorporan matices vivenciales que convierten sus realizaciones en un testimonio de la relación de Javier con su contexto, de sus modos de interactuar en la realidad. El desenlace no es una imagen concebida para impactar y resolverse con un mero golpe de vista, sino la acumulación de capas y capas de correspondencias. No es fácil desentrañar el enigma de cada una de sus creaciones ni rastrear las motivaciones que las han originado; su genealogía responde más a problemáticas conceptuales que a la literalidad de una representación realista.
¿De dónde vienen las imágenes? ¿Cuándo un estilo es identificable? Sin duda, la obra se alimenta de nuestras experiencias sedimentadas, ya sean insignificantes o trascendentales. Asimismo, está condicionada de forma subrepticia por una sensibilidad que se va formando durante la niñez y la adolescencia. El cómic, por ejemplo, es para Palacios un arte de relevancia que consume desde muy joven. Sus reconocibles fondos lisos y monocolor probablemente remiten a esa influencia. En sus elaboraciones no existen relaciones de evidencia, se puede ir deduciendo a partir de pistas, siguiendo un rastro. La recolección de estas impresiones visuales es una forma involuntaria de establecer una táctica de abordaje, evitar el vacío y arrancar con un punto de partida. Su método posee un rigor flexible, su personalidad es sistemática y minuciosa, de cocciones lentas, pero nunca se acomoda a la repetición de una fórmula. Metido en tarea, sabe discernir las pequeñas variaciones necesarias que mantienen la obra en equilibrio, con la suficiente incertidumbre. Su laboratorio se mantiene en una praxis continua, siempre encuentra margen para los virajes.
Hay una vía independiente para llegar a cada cuadro, pero no es unidireccional. Su pintura es híbrida, el fruto de un recorrido que suma durante el trayecto aspectos fotográficos, performativos o escenográficos en dosis distintas. Al espectador le llega un resultado de condición pictórica, aunque para llegar a ese momento final debe superar diferentes etapas anteriores. Hay algo que se resiste a la primera lectura, una distancia entre lo que reconocemos y aquello que finalmente vemos, como si faltasen piezas. Esa tensión entre presencia y desaparición, entre lo que permanece y lo que se transforma, es una de las claves de su trabajo, la pérdida de alusiones directas crea un desplazamiento que evita el relato cerrado. Sus formas evolucionan dando pocos bandazos y manteniendo una cadencia estable cuya configuración, sin pretenderlo, debe bastante a una cualidad pantállica genuina del siglo XXI. La planitud del interfaz que media entre nosotros y la realidad es una condición innegable de nuestro tiempo. A lo que añade el artista una forma particular de ser y mirar el mundo.
16 Chiclana, Jerez de la Frontera, Cádiz, Sevilla, Rotterdam, Ámsterdam, Lanzarote, Genalguacil…
17 Las esculturas de colores siempre acaban destruidas. El artista asume que forman parte de un proceso de construcción de la imagen. Su valor es vicario, son herramientas del taller.