Rosa Artero
Respiraciones. El rostro, el rostro, el rostro…
Catálogo Respiraciones 2011
«…ahí nada puedo, sino callar y, hondo, tomar aliento.» Emerson1
El origen de este proyecto es el rostro, el rostro observado por un pintor, el mapa de colores que puede llegar a ser experiencia de contemplación sensorial como vía de acceso a alguna suerte de sentido oculto. El rostro sigue siendo el lugar del enigma por excelencia. En él se convocan la belleza y el horror, lo transitorio y lo eterno, los cinco sentidos, esa rara certeza de que uno no es sino el otro. Cuando vemos un rostro pintado o dibujado acuden a nuestra mente un montón de cabezas realizadas por otros artistas. Para presentar la propuesta de Javier Palacios he retomado algunas notas que pueden alumbrar un trabajo que siendo contemporáneo contiene un gran bagaje de tradición pictórica.
Por eso el comienzo es el rostro. La representación del rostro humano en el arte y concretamente en la pintura. Hay una historia del ser humano individualizado que dentro del género del retrato ha mostrado su cara positiva, el rostro identificado y asertivo engarzado en el mecanismo de la apariencia y la personalidad al servicio del orden de «ser uno mismo» y, consecuentemente al servicio del así llamado orden social, el de las jerarquías y los nombres propios. Hay también una historia del rostro sin nombre llamada a descarnar la ilusión de ese orden social que siempre está a punto de revolverse en contra de sí mismo y nunca lo hace, esa otra cara de la historia que provoca o cuestiona, que rebulle de sospecha y grita para restituir el caos primigenio que convoque desde el comienzo otra vez el contrato fundacional del rostro.
Luego está la decepción al comprobar que los opuestos confirman el sistema. ¿Cómo creer en la fuerza de lo marginal? ¡Qué poco alcance tiene un rostro pintado de veinte centímetros al lado del rostro vivo del ser amado! ¿Quién alentó la esperanza depositada en la consideración del fondo del rostro como conciencia? ¡Si todo está en las apariencias! Parece que hay un lugar común hoy en día en el territorio del arte que insiste en la «derrota del rostro» y sus consecuencias: ya no hay modelos sociales que transmitan valores desde ninguna clase de rostro del arte, sólo cuentan los modelos o conductas sociales que vendan ocio desde los medios de masas donde la cara es declaradamente el espejo de lo que se persigue, sean productos o ideología.
Si la historia del rostro en la pintura fue el comienzo, hoy ha de serlo la historia de los media. Ya es un hecho que entre ambas esferas hay estrechas influencias, tanto que podría hablarse de un mismo audiovisual indiscernible con sus, por supuesto, señaladas y sobresalientes piezas firmadas entre la vasta producción. Qué belleza la de los rostros captados por la cámara del cineasta J. L. Guerín en su película En la ciudad de Silvia 2008, donde un esforzado pintor esboza y esboza inacabadas cabezas siempre a rastras de un movimiento que le deja atrás. El cine ha asumido el relevo de la función del retrato con su verdad testimonial arrancando el viejo privilegio primero a la pintura y después a la fotografía con el arma del movimiento. La pintura crea su ilusión en dos dimensiones y a lo sumo consigue dar la impresión de sostener la duración de un plano largo y parpadeante como un recuerdo persistente, un fotograma resistente. La pintura se ha ido impregnando de los efectos cinematográficos y de sus estrategias poco a poco y ha adoptado de la fotografía publicitaria y de la pantalla de cine la escala de primer plano para reconsiderar la idea del rostro desde la fruición plástica. Sin embargo parece que desde A. Giacometti a F. Auerbach, cada cual según su poética, el rostro pintado del convulso siglo XX ha librado una batalla perdida contra las convenciones del nombre propio, desarticulando los moldes de la dicotomía entre lo figural y su texto como ejercicio responsable de su tarea de arte, desmontando la estética burguesa con los rostros más feos de la historia del rostro y dando así la bienvenida a una imagen del sujeto postmoderno errática y precaria que a la postre se ha quedado en los museos sin fuerza para plantar cara a la realidad de la calle, a relativa distancia de la que ya se veía venir como inevitable: la progresiva naturalización de las imágenes pulidas de los media construyendo nuestra rutilante memoria venidera.
Así que este es un punto de partida para Javier Palacios, el conocimiento de la historia del rostro en el arte y su derrota ante una sociedad espectacularizada. Pero la perpleja mirada de un pintor en la actualidad advierte que el rostro sigue siendo pura acción retórica. Se deje ver en la valla publicitaria de cualquier calle o en los museos de arte contemporáneo, el rostro sigue teniendo una función descubridora de sentidos aunque para dar con estos se exija en desigual medida la participación activa del espectador en uno u otro contexto. Cabe un acuerdo que afecta a la idea de rostro, que éste es ante todo orden y caos y es tal la fuerza con la que hace llegar deseos e ideas a través de las sensaciones a los que los degustan e increpan que los pensadores del arte y la sociología se esfuerzan por argumentar e interpretar desde el campo específico de sus lenguajes sus respectivos mensajes como si el rostro se pudiera desprender de ser rostro, como si se tratara de una dialéctica en eufórico vaivén, cuando desafortunadamente hoy tienden a identificarse los discursos del arte y los de los media, los cuales columpian rostros a peso, nada más que rostros, tan llenos de indicaciones como siempre, tan atractivos como siempre. El rostro bello para hablar de belleza y verdad, consumir y vivir con alegría, el rostro feo para hablar de belleza y verdad, para consumir y vivir con alegría.
La obra de Javier Palacios gira en torno a la cabeza, al rostro, el no-retrato, la imagen, la pintura y la imagen movimiento. Javier es consciente de la dificultad de encontrar el modo de comunicar algo con un rostro que no se quede en las pinceladas ni sólo en las sensaciones convocadas por las líneas de sus lápices; ha dicho en alguna ocasión que no le basta esa belleza del buen oficio de los lenguajes artísticos, aspira a la transformación de la materia en reflexión, tratando de fijar lo que se trasluce de la forma en pensamiento. No quiere desafiar con extrañamientos solipsistas, tampoco se parapeta en un rescoldo apuntalado de tradición beligerante, no usa el discurso como marco, sus obras se sustentan por sí mismas y brillan por su cuidada objetualización al tiempo que quedan abiertas a su propia naturaleza portadora de significantes. Utiliza pinceles, lápices, caña y tinta, programas digitales, proyectores, materiales viejos y nuevos, ilusión y orgullo de ser pintor y hablar desde la pintura con la sagrada y mendiga voz de la pintura a sabiendas de que los medios que emplea y el contexto en el que muestra sus obras no las amplificaran, por suerte, confundiéndolas con las de los media. Es consciente del poder de la imagen plana y quieta de la pintura, estática y delimitada, que puede ser eterna suspensión dilatada de lo seccionado del fluir de lo vivo, pero por supuesto también sabe que lo vivo exige su latido y su aire en torno, su movimiento, su respiración. Por eso las obras de Javier Palacios proponen a los sentidos un mapa pictórico de impresiones plásticas muy hermosas que apunta a doler desde dentro de la cabeza, atravesando el rostro, desplegándose en forma de hieratismo silencioso.
Las cabezas que vemos suspenden el tiempo en una duración irreal desencajada de su movimiento vivo, un tema que el pintor ya trató con sus trabajos en 2008, cuando realizó una serie de pinturas, dibujos y animática llamada Incertidumbres, cabezas perplejas y la respuesta en la que la figura humana se representaba en el momento de la parálisis desconcertada de su propia duda que era también rabia y asombro de impotencia descontextualizados de su causa. Respiraciones retoma de nuevo la intención de mostrar el tiempo en el rostro, pero esta vez desde un ritmo esencial, la respiración, la respiración como fenómeno complejo que se articula y desarticula, se deconstruye y reconstruye entre la imagen bidimensional y el proceso de la animación. Respiraciones muestra siempre rostros que están respirando. De este modo expone a nuestra vista esos gestos que apenas percibimos porque su cotidianeidad los hace invisibles y que son las notas del mismo ritmo repetido tantas veces cada minuto de tantos minutos de cada día, los más desnudos de todos los gestos, los más ofrecidos y vulnerables de aquellos que nos encadenan a nuestras pasiones. Y así se despliega la interpretación, pues quizá esos gestos rayan lo pornográfico, cuando la boca está abierta y los ojos cerrados, y a ellos nos acercamos casi hasta rozarnos con nuestros deseos, «La oscuridad del tórax, la cal de uva del labio»2. ¿Sueño, introspección?, inspiraciones como invitaciones, ya prematuramente vetadas, a entrar en el vacío del hueco negro, a entrar en el otro, el goce, la muerte, la incógnita, dependiendo de un ritmo, rompiendo el ritmo u observándolo ausente en su belleza sostenida, rostro olvidado de sí y del de quien lo contempla.
Y también podemos considerar estos rostros desde su plasticidad: rostros quietos que rompen los eslabones de sus segundos anteriores y posteriores, momento pregnante, pintura y duración, y también un tiempo reconstruido con segundos de rostros quietos, el dibujo y la animación. No se trata de retratos aunque hay que señalar que la función descriptiva es una elección destinada a mostrar las particularidades anatómicas, la piel con las delicadas sensibilidades de alguien, línea a línea, para reforzar desde lo reconocible la identificación de cualquiera de nosotros en otros como sólo consigue el artificio del realismo. Y al llegar a este punto nos preguntamos ¿cuál es el porqué de estos dibujos desgajados de su secuencia?, ¿qué se persigue después de encontrar la duración de la pintura, para qué prolongar el instante más largo, a qué nos lleva reenlazar este tiempo suspendido en otro tiempo que se mueve? Para contestarse Javier suma procesos técnicos que posibilitan construir un ritmo entre los dibujos y sus intervalos, entre ojos que se abren y los que se cierran, acompasados según una secuencia de tiempo que aunque muy breve queda a su vez detenida y escenificada después de haber intentado captarla a golpes de instantánea.
El pintor propone dos caminos que se complementan, el de la animación con su mecanismo técnico de bucle eterno que recrea lo hermoso y lo vivo y el de la pintura con su poder de convocar lo eterno y hermoso de lo que pasa rápida y repetitivamente desapercibido al extraerlo del curso del tiempo en una imagen plana y artificiosa. Javier presenta ambas como formas de magia equivalentes. «Efectivamente: —dice A. Ruiz de Samaniego—, la animación es la exhibición espectacular e ingenua del propio taller o trabajo del sueño, en tanto que discurso desarticulado o deconstruido… de inconsciente… Al proceder de tal forma, buscamos reescribir la escena de algo, el lugar de la ausencia misma, de lo escamoteado perseguido y, acaso, eternamente deseado… Tal vez la escena primordial, nunca encontrada, jamás presente como un objeto o una presencia; sí acaso como un aura o una alusión fantasmal. La perseguimos y reescribimos porque nos relaciona con lo más enigmático y remoto, y a la vez con lo más cercano y extraño a nosotros mismos.»3 Tomemos ahora el autorretrato animado. Diríase que en esta obra el uso de la animación de los rostros dibujados de su propia respiración fuese para Javier la formulación explícita del deseo que se opone a esa intuición de muerte que sería justo la detención del ciclo. Respiraciones recoge la tradición del retrato para describir con rigor los pormenores del rostro pintándolo como organismo que vive y fluye y respira, lo otro, que es tanto el enigma como el viejo conocido, que es la medida de la conciencia de lo diferente y lo semejante y relata como un discurso cifrado las incógnitas del deseo.
Javier Palacios deja atrás, como otros pintores de su generación, las emociones conceptuales y los manifiestos, ha aprendido que el mundo artístico devora a sus pequeños vanidosos con nombre propio sea cual sea su etiqueta, considera la pintura un medio fantástico para narrar sin disputas obsoletas sobre abstracción y representación, muy seguro de que ésta otorga a sus trabajos una especificidad en la que sigue creyendo: aurática. Estas obras son la búsqueda iniciática de un pintor en un contexto artístico hostil para la pintura figurativa, que se sitúa en el comienzo frente a la imagen fundacional que es el rostro y a la experiencia de la respiración, mínima unidad de lo vivo, en medio del festín de rostros que nos damos a diario consumiendo imágenes mediáticas. Y en relación a todo esto su trabajo deriva hacia la ilustración como de colección de entomología disecada y a la perversión de su recreación cinemática. El autor fuerza contrastes con este registro de rostros paralizados que sin embargo respiran, el blanco y negro, la luz y la sombra, el retrato y el rostro anónimo, el éxtasis y la muerte, lo inmóvil y lo que se mueve, lo que se dice y lo que se calla, pero siempre la belleza, la desnudez… valiente para resistir con pinceles y lápices que le permiten recrear un mundo hecho de sueños y de pintura. En la línea de William Kentridge o Bruce Nauman, el grabado científico o Marlene Dumas, Javier Palacios dice que no sabe si aún hay algo a lo que aferrarse en esto que llamamos lugar de creación o lugar de vida y que en todo caso habría que dejarse llevar por el instinto de un cazador de insectos, porque si es posible descubrir, vivir aventuras, arriesgarse con coraje por algo, hay que mirar atentamente las apariencias de las cosas y respirar, respirar hondo, acaso lo único que sigue siendo cierto.
1 Tomado del Diario Florentino de Rainer María Rilke. En RILKE, R.M.: Diarios de juventud. PRE-TEXTOS, Valencia, 2000, p.13.
2 RODRIGUEZ, Claudio: Verso del poema Manuscrito de una respiración. Casi una leyenda. Barcelona, Tusquets, 2001, p. 323.
3 RUIZ DE SAMANIEGO, Alberto: "Magia y metamorfosis. Los comienzos de la animación". Estéticas de la animación. Madrid, Maia, 2010, pp. 29 y 30.